El trompo rojo

                                                                       I

     Francisco, mayor que Luis por tres años y siete más que yo que tenía seis, era muy hábil para los jugos. En todo sobresalía ganándose el aprecio de unos así como la envidia de otros. Admiraba a mi hermano y le festejaba cuando caminaba con las manos o daba una vuelta en el aire y caía parado. Era muy ágil, también un buen peleador. Motivo para las reprimendas que de tantas estaba ya curtido.
     De lejos lo seguía a todas partes. Ya estaba por Bellavista o La Perla. De pronto, aparecía por Chucuito o La Punta a donde llegaba colgado del tranvía, “troleando”. Las peores peleas las tuvo por estos lugares desafiando a los “pitucos” de la zona que le apaleaban sin que escarmentara. Dejaba pasar un tiempo y volvía con otros chicos para pintar las casas con con-signas antifascistas. En el barrio “Ruggia” de Bellavista, Callao, que era donde vivíamos, algunos vecinos lo veían como un chico rebelde pero divertido.
     Mi madre, igual, estaba cansada y harta de aguantar la rabieta de los padres, cuyos hijos habían sido agredidos por Francisco. Era muy inflexible, siempre buscaba la manera de llamarle la atención y casti -garle, pero él tenía en papá a su defensor. “Ya déjalo, hija”, le dijo a mi madre en una ocasión cuando le daba con la correa en el trasero. “El Roberto es más grande y mayor que nuestro hijo. Deberían de tener vergüenza venir a quejarse”.
      Un día, recuerdo como si fuera ayer. Era más de medianoche y todos dormíamos profundamente. De pronto, despertamos sobresaltados por la forma tan brusca como tocaban a la puerta. Papá y mamá, que dormían en la sala a pocos pasos, salieron a abrir.
Papá, lo hacía furioso censurando en voz alta con palabrotas, pero fue mamá la que preguntó quién era, y él, el que la abrió. Tras ellos, íbamos los demás: Luis y yo, tratando de sacar la cabeza por entre las caderas de nuestros padres; los mayores, Juan y Eduardo, por entre los hombros; las mujeres, Tania y Carla, detrás de todos parando las orejas. Así, logramos ver a un chico de unos quince años, tenía el ojo morado y el labio roto. Vestía una camisa clara manchada de sangre y se cogía del brazo de su madre tratando de ocultar la mirada en el suelo.
     El padre, atrajo a su hijo por la camisa y lo mostró. La curiosidad de todos fue evidente. En ese momento pudimos ver que también había sangrado por la nariz.
     –Mira lo que le ha hecho tu hijo.
     El hombre, casi de la edad de papá, estaba hecho una fiera. Era tanta su cólera que le gritó a nuestro padre como si fuera un crío. Todos tuvimos que contener a papá que se le iba encima. “¡Déjenme! ¡Suéltenme!”. Forcejeaba para ir a agredir al hombre. Pero no lo permitimos. La madre del chico, tampoco se lo permitió a su marido.
     –Como lo coja a tu hijo. Verás la paliza que le voy a dargritó al tiempo que se alejaba jalado por su mujer.
     Papá, aún haciendo esfuerzo para librarse de nosotros, con la ira contenida en los puños y en los dientes por la amenaza, le gritó.
    –¡Ten cuidado, no vaya a resultar que la paliza te la dé a ti!
     Esto fue como un golpe en pleno rostro que hizo regresar al padre del chico siendo contenido nuevamente por su mujer que lo jalaba de la cintura, de los brazos, de la ropa. De lo contrario, seguro que se hubiesen trenzado a golpes.
     El hombre, nos miró con rabia por sobre el hombro y se alejó murmurando. “Vayan a dormir, chismosos”, le dijo a los vecinos que empezaban a protestar por el escándalo. Mientras, nosotros ingresábamos a casa. Ya tras la puerta, mis padres fueron en busca de
Francisco. Éste no estaba por ningún rincón. Luis y yo, lo sabíamos. Sólo esperábamos la pregunta que no tardó en llegar. Fue mamá que muy dolida por la vergüenza preguntó dirigiéndose a Luis.
     –¿Dónde está tu hermano?
Cuando Luis le respondió que no había venido, descargó todo su enfado con papá hasta que la hosca expresión de su voz, fue ahogada por el llanto.
     Francisco que dormía con nosotros en la misma cama, esa noche no volvió a casa; lo hizo al día siguiente, después de que papá se marchara. Esta vez, por motivo de trabajo, se ausentó seis meses y cuando se despidió de mamá le suplicó que no fuera tan severa con nuestro hermano. Francisco, se presentó a las ocho de la mañana. Después de empujar la puerta haciendo el menor ruido posible, ingresó descalzo, con los zapatos en las manos, para ir sigiloso a esconderse debajo de la cama. Allí esperó a que Luis y yo volviésemos de cumplir con los encargos que nos or-denó nuestra madre. Cuando estuvimos de vuelta, Luis fue a la habitación y se sentó en el borde de la cama. Fue tal el grito que dio del susto, cuando sus piernas fueron cogidas por las manos de Francisco desde abajo que reaccionó furioso.
     –No hagan bulla. ¡Shttt! –nos dijo con el dedo en la boca.
     Pero Luis que tenía entre sus manos un palo de escoba con el que estaba haciendo un “palito chino”, se lo lanzó en la cabeza. Francisco fue el que gritó esta vez, pero de dolor.
     –Mira lo que me has hecho –protestó enseñando el chichón que emergía en su frente.
     –Ten, ponte esto antes que se hinche más –dijo
     Luis alcanzándole una moneda–. No es nada comparado con lo que te hará mamá en cuanto te vea.
     –De aquí no me moveré. Si pregunta por mí, le dicen que aún no he vuelto –diciendo esto se fue al fondo y se ocultó tras de unas cajas de cartón. Allí se quedó dormido.
     Al poco rato era sacado de las orejas.
     –¡Ay! ¡Ay! –Gritaba. Y entre ayes nos señalaba con el dedo–. ¡Sois unos traidores! –repetía.
     Así, nuestra madre lo levantó por una de las orejas y se lo llevó al cuarto de las mujeres. Mientras que él a su lado iba quejándose, empinándose y levantando la cabeza para menguar el dolor.
     Esa mañana desde nuestra habitación, con Luis logramos escuchar las palmadas que nuestra madre le propinaba en el trasero. También a Tania, que se encontraba allí, saliendo en defensa de nuestro hermano y los ayes de éste.
     Poco después, mientras mamá cocinaba en compañía de Tania, está le decía que Francisco era así por los parásitos de su tripita. Ya los había visto algunas veces alrededor de su culito. “¡No, no puede ser!”, decía mi madre que también lo sabía, y que en su impotencia para eliminarlos nos atosigaba con hierbabuena y paico. Nos iba bien con estas plantas, pero los gusanos aparecían con el tiempo. De tanto rascarme tenía el culito rojo y lo único que hacía era ir presuroso a ponerme vaselina.
     En cierta oportunidad enseñé uno a mi madre, medía como quince centímetros. Llevé el bacín para que ella lo viera. No le gustó en modo alguno que se lo enseñara mientras cocinaba. “¡Qué repugnancia!” dijo iracunda y me echó. Me alejé corriendo de allí para ir a coger una rama. Con ella, levanté al gusano y se lo enseñé a Francisco. Estaba sentado, en compañía de Carla, al pie de la higuera que teníamos en el patio de la casa. Leían un libro. Mi hermano metió al gusano en una bolsa de plástico y se lo llevó al boticario. Al rato regresó con unas pastillas que me hizo tragar con un poco de agua. Hizo lo mismo con Carla y con todos los de la casa. Así fue como mamá aprendió a combatir a estos gusanos que aparecían una y otra vez.
     Muchas fueron las palizas que recibió también nuestro hermano pero nunca se quejaba. Una y otra vez venía lastimado y los únicos que nos enterábamos éramos Luis y yo. En ocasiones también Tania que nos ayudaba para no disgustar a nuestra madre. Francisco, era el mayor de la tercera generación. Él aprendió de los mayores, pero no permitía que los menores lo hiciéramos de él.
     Esos años nos llevaba en experiencia, en habilidad, en vivir la vida y no le gustaba que Luis y yo estuviéramos husmeando lo que hacía. No obstante, papá y los mayores le insistían que nos hiciera partícipe de sus vivencias.
     A los catorce años se hacía extrañar en el barrio. Nadie sabía dónde paraba o adónde iba. Lo cierto es que dejaron de interesarle los juegos y los amigos del barrio, a veces venía montado en bicicleta y alardeaba de la destreza en su manejo. Igual se hacía notar un rato por allí y cuando lo buscaban ya se había hecho humo, no estaba por ningún lado. Aparecía repentinamente y desaparecía de la misma manera.

©laplumadelescritor.com 2011
Primera edición: noviembre de 2011
ISBN: 978-84-615-2895-0
DL: B-40.225-2011
Impresión y encuadernación: Barcelona.
Printed in Spain – Impreso en España.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s